La afición mexicana: el alma que nadie puede llevarse a Estados Unidos
Por Sergio Catarino






En las últimas horas, las declaraciones del presidente de la Federación Mexicana de Fútbol, Mikel Arriola, han sacudido a todo el país. Tras los abucheos, los “olé” al rival y el grito prohibido durante el empate 0-0 ante Portugal en la reinauguración del Estadio Azteca, Arriola no se guardó nada: expresó que le parecía “humillante” y “una vergüenza” que la propia gente silbara a su selección y, en un arrebato de frustración, dejó caer que prefería llevar los partidos del Mundial 2026 a Estados Unidos antes que volver a vivir esa escena frente al mundo y Gianni Infantino.
¿Amenaza o realidad? Es realidad. No es la primera vez que un directivo del fútbol mexicano pierde los papeles ante la exigencia de la afición, pero sí es la más grave. Porque detrás de esas palabras no hay solo enojo momentáneo: hay un profundo desprecio por el rol que juega el público en este deporte.
Y aquí es donde quiero ser claro y sin filtros: *la afición es lo más importante para la Selección Mexicana*. Punto. No es un adorno, no es un cliente que se puede cambiar de sede si no aplaude lo suficiente, ni es un grupo al que se le puede exigir amor incondicional como si fuera una orden de arriba. La afición es el motor, el pulmón y el termómetro de la Selección. Sin ella, no hay Tri que valga.
El fútbol no se juega en el vacío. Se juega en un estadio que ruge, que presiona, que celebra y, sí, también que critica cuando las cosas se hacen mal. El 0-0 ante Portugal no fue un partido memorable. La afición pagó boletos caros, se organizó, llenó el Azteca en su reinauguración y vio un equipo sin ideas, sin ambición y sin la garra que se espera de una selección que sueña con ser protagonista en su propia casa en 2026. ¿Pretenden que aplauda de pie? ¿Que coree el nombre de cada jugador como si estuviéramos en un show de Disney? No. El fútbol mexicano no es eso. Nunca lo ha sido.
Arriola comete el error clásico de muchos directivos: confundir el apoyo con la obediencia. Cree que el público debe ser un fanático ciego que respeta al equipo “porque sí”. Pero el apoyo no se impone, se gana. Y se gana con resultados, con actitud, con proyectos serios y con un fútbol que ilusione. La afición mexicana ha demostrado una y otra vez que cuando el equipo responde, el Azteca se vuelve una caldera infernal a favor. Cuando no responde, se vuelve exigente. Así de simple. Así de justo.
Llevar los juegos del Mundial a Estados Unidos no es una solución; es una rendición. Sería admitir que la Federación prefiere esconderse en un estadio “amigable” donde la gente no critique, antes que enfrentar la realidad de un país que ama profundamente a su Selección y que, precisamente por eso, no tolera mediocridades. México no necesita una afición silenciada. Necesita una Selección que esté a la altura de su gente.
La afición no es el problema. Es la solución. Es la que llena estadios, la que viaja, la que genera ingresos, la que hace que el fútbol mexicano tenga identidad. Es la que, a pesar de los fracasos en Qatar, de las promesas incumplidas y de los precios altos, sigue creyendo. Abuchear no es traición; es pasión. Es la forma en que el hincha dice: “Quiero más. Me merezco más”.
Señor Arriola, la Selección no es suya. Es de la afición. Y la afición mexicana no se va a callar porque a usted le dé pena frente a Infantino. Al contrario: seguirá exigiendo, seguirá criticando y, cuando el equipo por fin responda, seguirá celebrando como solo ella sabe hacerlo.
Porque al final del día, el fútbol sin afición es solo un partido de práctica. Y el Tri sin su gente… simplemente no es el Tri.
La afición es lo más importante. Y punto. Nadie la puede llevar a otro país.